Doctor arquitecto y pintor español
Doctor arquitecto y pintor español

Menciones en diferentes medios:

Gran Enciclopedia de la Región de Murcia  (Ayalga Ediciones)

Arquitecto (Linares, Jaén, 11 de enero de 1930). Comienza su andadura profesional en una época de florecimiento y esplendor en el sector de la construcción, lo que se ha llamado los "felices sesenta". En sus primeras etapas se incorpora al Organicismo propugnado por Frank Lloyd Wrigh y A. Aalto, creando espacios más enriquecedores, en los cuales la luz es el elemento que define el espacio. En 1961 construye el convento de los Carmelitas Descalzos en la Fuensanta de Murcia, para cuya realización será fundamental el uso de la piedra como material, que define por entero el proyecto. Realiza también varias escuelas de artes y oficios en Murcia, Burgos y Algeciras, ésta última dispuesta en forma de espiral ascendente, por la que fue premiado en 1968 en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En la misma línea, construye el Club Náutico de Santiago de la Ribera. Otras obras que se pueden citar de este arquitecto, en las que se perciben aires innovadores, son el edificio Conver de la Gran Vía y el Hospital de la Cruz Roja de Murcia, que realizó en 1962 junto al arquitecto J.M. Cárdenas.

A. Fernández - Bravo

     Arquitecto y pintor. Primero, arquitecto. Luego, pintor. Situado en el cruce de los caminos de la técnica y el arte con una querencia ingénita hacia la creación artística. Pintor de caballete, artesanal, antípoda de la producción mecanizada - porque el arte es la antítesis de la mecanización - . Con enorme soltura creadora, con su excepcional dominio del dibujo, de la composición y del color, ha conseguido - con talento, con oficio y con fantasía - transformar su técnica en arte. 

     Pintor nuevo, sin "cocina pictórica", impregna toda su obra de autenticidad. No fabrica, sino crea. Ejecuta la pintura como valor en sí misma. Su único impulso es la inspiración y su única herramienta de trabajo, el pincel. 

     Ha eliminado de su obra los trucos pictóricos y los elementos tradicionales como las sombras, el espacio, la perspectiva, las veladuras y la acomete resolviendo valiente y limpiamente todos los problemas estéticos y constructivos con la línea, el color y la composición. Garrido subjetiviza la pintura y rompe con el código pictórico legado por la tradición. Se ha liberado de la forma exterior, para hacer del arte un producto exclusivo de su mente. No es la suya una pintura abstracta, sino conceptual. Es una pintura realista, que no naturalista. No reproduce las cosas, sino que las representa. No pinta lo que ve, sino que lo siente. Rompe antiguos esquemas y busca nuevos horizontes. Frente al materialismo empalagoso de lo real, crea nuevas formas estéticas de expresión idealista.

     Liberando su obra de la tiranía del tema y recuperando la estética - hoy, por desgracia, tan perdida - crea un nuevo género de pintura, cuyo objetivo es la delectación, la elegancia de la forma, quizá siguiendo la idea de Dostoiewsky, de que es la belleza la que salvará al mundo.

     Garrido, huyendo de la pintura como arte de la pura representación de las cosas - concepción que creemos ha llegado ya al final del camino -, ha buscado y enconrado una pintura que es un equilibrio entre el sentimiento, la estética y la razón, pensando que, como se ha dicho, cuanto menos copia sea la pintura, más pintor será el pintor.

     Con una técnica aparentemente banal, pero realmente cuidadosa, profesional, meditada y meticulosa, ha encontrado y desarrollado una pintura plana en la que, más que figuras, utiliza formas pictóricas de sorprendente belleza.

     Con un gran sentido de la fantasía, con componentes simbólicos como las estilizadas palomas, que acompañan a sus preciosas vírgenes modernas, deja vagar libremente sus imagenes, sin la pretensión de reducirlas a objetos.

     Defensor del esteticismo, su pintura tiene el orden y la armonía estructural y estética que emanan del profundo humanismo cristiano que impregna su vida. 

     Se aleja del arte como imitación, para acogerse al arte como creación. Huye tanto de la gran abstracción - el fogonazo - que produce formas monstruosas, como del hiperrealismo brutal - la representación cuasifotográfica - que fosiliza la pintura, plasmando ópticamente cosas pertenecientes al domino de la ilusión pintando las formas como las piensa, como las concibe. Son fragmentos de realidad transformados en imágenes desmaterializadas por su fértil mente. 

     La pintura de Fernando Garrido es una obra moderna entroncada con la tradición española del arte religioso con vocación de bodegones y de vírgenes; es un complejo armónico; una transformación lírica de la realidad; un canto a la estética hedonista; un baluarte contra la pintura del desamor, de la agresividad, de la ordinariez y del mal gusto; un triunfo de la belleza y de la elegancia de las formas; una mirada puesta en la realidad, para transformarla; un camino para huir de la vida cotidiana, para crear emociones subjetivas, para hacer olvidar las pinturas que atrofian los órganos de percepción estética y degradan la calidad humana: es el resulatado de una práctica intelectual, de una acrtividad creativa capaz de proporcionar vivas satisfacciones; es la atribución del valor a las formas, a la armonía y al color; es, en fin, una pintura original, atrevida, con atrevimiento profesional.

El Punto de las Artes

La edificación armónica

   

     Es como si de repente el colorido mediterráneo se hubiese metido a jirones en los cuadros y en la sala: azules, naranjas, ocres, bermellones, todas las gamas del limón y del azahar.

     La personalidad de Garrido es admirable; un arquitecto dinámico, con una obra importantísima y extensa, con un concepto ejemplar del diseño y la integración, con una medalla nacional de Bellas Artes; un arquitecto jiennense, que se establece en el Levante español, que le coge el pulso al mediterráneo y se permite jugar con la luz, con las formas y con el viento, edificando volúmenes en los que el sonido también cuenta, construyendo con formas de caracola o de quillas de cemento, pero que también quiere extender sus ideas a la cromía.

     Pues bien, este hombre, inquieto y luchador, lleva un par de años entregado a la pintura: un conjunto de arquitecturas del color, con dibujo lineal y unas tinturas planas pero trabajadas, que delatan una concepción global y planimétrica de la representación figurativa.

     Es aleccionador que un hombre, con este bagaje, con la más serena humildad, se presente ante la crítica y la consideración general con el solo afán de aprender, de contrastar opiniones, de estudiarse a fondo. ¡No es corriente!

     Estamos ante su primera exposición; lo que quiere decir, impaciencia por decirlo todo, aglomeración de ideas, diversas facetas de una misma configuración, pero también, una explosión de gamas y simbolismos, una lucha por presentar el color armónico en toda su pureza y una idea equilibrada y canónica de la pintura, sin tener en cuenta muchas cosas que han de llegar; el contraste, la perspectiva, el olvido de la medida y la limitación de las proporciones. Cuando Garrido tenga la suficiente confianza, que hace libre a los creadores, entonces es cuando dará la medida de su valía.

     Ni que decir tiene que su dilatada obra arquitectónica es de una riqueza superior, pero cuando Garrido se queda solo ante si mismo, se hace más auténtico y maneja con serenidad entrañable una gama de ocres, cortejada de grises y de cales, apuñalada de sentimientos y misterio, esta iniciando el poema pictórico que habla de serenidad y de quietud, de autenticidad, y entonces, el asombro de un cuadro pequeño conmueve tanto como el volumen ambicioso de una espléndida edificación. 

 

Telva

La alegría de vivir

 

De la arquitectura pasó al dibujo, y de éste dio el salto a la pintura. Es normal en un ser sensible y de aguda inteligencia. Hace unos años escribimos sobre el dibujante Fernando Garrido, un andaluz enamorado de Madrid. Entonces entrevimos que Fernando no se quedaría en la pura línea; que lo suyo era trasponer las fronteras del plano para llegar al color y al volumen. Ahora nos hallamos ante una agradable realidad, su pintura.

Pleno de autenticidad,  Fernando Garrido ha indagado y practicado la pintura de caballete. Su pintura – exceptuando las “Vírgenes” – es una pintura intimista por excelencia. En ella,  confluyen la meditación serena y profunda acerca de las cosas. Sobre todo, de las flores.

Como su maestro lejano - Henri Matisse - nuestro artista ha fusionado color y dibujo en su lenguaje plástico. También el sentimiento. En el caso de Garrido podría muy bien afirmarse que aspira "a un arte de equilibrio y pureza, que no inquiete ni perturbe", puesto que el quisiera que "el hombre cansado de nuestro tiempo encuentre en su pintura calma y reposo".

Con esta muestra, Fernando Garrido expresa la alegría de vivir del hombre rodeado de objetos, flores, frutas… En una época caracterizada por la confusión de un dudoso postmodernismo, la obra - breve por ahora – de Fernando Garrido contrasta por su evidente diafanidad, por su perfección formal en la cual la elegancia y el rigor se equilibran.

Ahí queda su obra, entre la cual nos llamaron la atención “Amarillo y negro”, “Tonos de limón”, “Fresera” y “Entre naranja y negro”.

ABC de las Artes

 

     En su primera muestra pictórica individual, Fernando Garrido desvela la obra realizada durante los tres últimos años. El hecho de que su vocación artística sea mas o menos tardía es debido a su dedicación principal como arquitecto, actividad que marca su pintura de una forma decisiva.

     El autor centra sus realizaciones en la armonía de la composición,  el color y el dibujo,  evitando los efectos de luz y sombra, espacio y perspectiva, para resolver abiertamente una pintura plana, casi de carácter mural donde se vierte gran imaginación al trabajar la línea exquisitamente y combinar unos cromatismos de sorprendente concreción estética. Un modo preciosista pero no frívolo que reivindica lo bello como sentimiento de placer libre de consideración moralista o intelectual. 

     Formas pictóricas más que la mera representación del objeto real, en las que se conceptualiza más que se abstrae y cuya inspiración se basa, por lo general, en temas vegetales y religiosos. Los veintidós óleos sobre tabla y lienzo avalan un buen comienzo para este jiennense afincado en Madrid, que piensa, en lo sucesivo,  dedicarse más intensamente a su arte.

Bienvenido y así sea.

 

E. del Castillo

Europa Sur

1.- Fernando Garrido Rodríguez, arquitecto que diseñó el edificio de la Escuela de Arte, durante su intervención.

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© Fernando Garrido Rodríguez