Doctor arquitecto y pintor español
Doctor arquitecto y pintor español

Fernando Garrido Rodríguez

Fernando Garrido Rodríguez (Linares, Jaén, 11 de enero de 1930) es un arquitecto español.


Se tituló como arquitecto en julio de 1960 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (actual Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid), manteniendo en un principio una doble residencia entre Madrid y Murcia, donde ha transcurrido buena parte de su actividad profesional. De la práctica vocacional de la arquitectura por parte de Fernando Garrido da muestra el hecho de que, hoy octogenario, todavía se encuentra en ejercicio, detentando el número 9 de colegiado en el Colegio Oficial de Arquitectos de Murcia.


Sin alcanzar el estrellato, puede ser considerado como un hombre de transición cuya obra está sin duda muy por encima de los niveles medios correspondientes a su generación, una generación quizás frustrada y balbuceante ante la voluntad rupturista, a veces camuflada y emiencubierta, de la que Fernando Garrido es un modelo o cuando menos un referente. Y es que él, como otros pocos arquitectos de aquellas épocas lastradas en gran medida por una pedagogía no exenta de gérmenes positivos pero ejercida erróneamente por docentes sometidos en su mayoría, e inevitablemente, a inmovilistas prejuicios ideológicos, supo alumbrar una trayectoria con fuertes dosis de soterrado vanguardismo y cierta modernidad desinhibida, liberada de dogmas y proclamando sin ambages una fuerte y decidida personalidad. 


Serán estas características singulares en su modo de proyectar las que movieron a la Dirección General de Bellas Artes, con la que entonces colaboraba, a encargarle, como ya había ocurrido en otras ocasiones, una de sus obras mas excepcionales, pese a su juventud: la Escuela de Artes y Oficios de Algeciras, que se pretendía marcara en la villa gaditana una impronta formal determinante añadida al prestigio de un buen hacer educativo forjado desde 
principios del siglo XX. El propio Fernando Garrido, con motivo del centenario de la institución y la entrega a la misma de la medalla de oro de Algeciras, definía en 2010 a la ciudad como carismática, enigmática y fantástica, y 
“pensamos que debía contar con un edificio que la referenciara con una forma de caracola”. Esta obra arquitectónica, inspirada efectivamente en las formas orgánicas de la naturaleza marina a las que pudo contribuir la acusada inclinación del solar, satisfacía la demanda de los promotores de una idea especial liberada de las tipologías y morfologías al uso, creando un referente icónico para la ciudad de Algeciras y, a la vez y al margen de sus especificas cualidades, daría fe por tanto de las ya citadas impregnaciones del espíritu audazmente modernizador y vanguardista de su autor.


Finalizada su construcción e inaugurada en 1971 por el ministro de Educación y Ciencia, José Luis Villar Palasí, había sido proyectada en 1968, consiguiendo en ese año el primer premio de la Exposición Nacional de Bellas 
Artes en la categoría de Arquitectura. Cuarenta años después, el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA) de 6 de octubre de 2008 ratificaba su reconocimiento en el tiempo y recogía la inscripción de la actual Escuela de 
Arte en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Catalogación General según orden de 2 de septiembre de 2008.


Con la rara y excepcional metáfora orgánico-expresionista de una caracola que evocaría el sonido de las olas del mar, Fernando Garrido se anticipaba a aquella derivación de la arquitectura racional-funcionalista que fue la arquitectura orgánica, si bien podrían evocarse otras visiones singulares de tal analogía biomorfológica, como la tratada en claves utópico-futuristas por el arquitecto Casto Fernández-Shaw o las posteriores experiencias de la 
arquitectura docente, desde diferentes claves ideológicas, en la arquitectura cubana de la Revolución. La resolución del BOJA describe objetivamente el edificio de esta manera: “La construcción, exenta y de planta espiral alrededor de un espacio libre y rodeada de jardines, se adapta a la elevación del terreno frente al mar, lo que genera su desarrollo en múltiples niveles relacionados por escaleras al aire libre. El perfil exterior aparece denticulado, en contraste con el interior, donde la espiral sigue limpiamente su trazado. Acristalamientos, que 
aprovechan los cambios de nivel y los entrantes del cerramiento exterior en toda su altura, iluminan lateral y cenitalmente las estancias. El acceso, en el límite del espacio libre interior, se enfatiza con el diseño de elementos 
verticales que emergen en altura.”


Entre el resto de su producción arquitectónica, Fernando Garrido destaca diversas viviendas unifamiliares en urbanizaciones privadas concebidas con ciertas claves vanguardistas y/o experimentales, desde unas primerizas en el barrio madrileño de La Florida, hasta una reciente de corte mediterráneo en Palma de Mallorca, blanca y acristalada, que ha merecido la admiración de Bill Gates, pasando por otra con la cubierta esférica en La Manga del Mar Menor de Murcia. Evoca asimismo algunos edificios institucionales, dos construcciones especiales contra el viento de Levante, también en La Manga, y una edificación de gran porte en Burgos con almenas de cobre, que fueron retiradas sin su consentimiento en una restauración posterior. Se refiere igualmente a la capilla para los Padres Carmelitas que tenía previsto levantar por estas fechas en la localidad portuguesa de Fátima.

 

Admirador de Luis Gutiérrez Soto por la dignidad de su arquitectura madrileña y del arquitecto finlandés Alvar Aalto, al igual que de obras como la Ópera de Sidney y de ciudades como Brasilia, por la alegría que transmiten sus edificaciones, Fernando Garrido es un arquitecto preocupado por la esencial condición del arte y de la arquitectura, cuya visión y pensamiento parecen instalarse en una posición heredera en cierto modo de la tradición existencialista, al proclamar la inevitable relación entre la vida y la obra: "…en la vida y el arte hay una relación y tensión entre los sentidos y la razón; de los primeros deriva la sensibilidad y de la segunda, la inteligencia. Cada creador artístico mezcla de manera diferente una y otra.” 


Pero Fernando Garrido, testimonio de aquella imagen del arquitecto como hombre-orquesta, híbrido de técnico y artista en el marco de un crítico legado decimonónico, forja y completa una personalidad contradictoria desde 
una cultura náufraga en las aguas de cierto decadente costumbrismo con el que quizás encubre su auténtico perfil de hombre moderno. En ello influye su condición de excelente dibujante, en parte procedente de los años de 
formación en la Escuela de Arquitectura: "Se nos pedían dos años de Matemáticas y de dibujo lineal a mano y plumilla, sin ayuda de ordenador alguno como ahora… El dibujo era y es la clave de las artes plásticas, como lo 
es el solfeo para la música. Hay que dibujar mucho cada día para tener dominio. Si no se dibuja bien no hay arte que valga. El dibujo es la forma o la interpretación correcta de la forma. El color ya es otra cosa: gracia personal. No tiene normas." Y esa facilidad para el dibujo, plasmada en numerosas exposiciones en galerías de arte, la aplica a una de sus mayores aficiones, a la que incluso pensó en dedicarse, la fiesta de los toros, pues muchos miembros 
de su familia fueron médicos o cirujanos que asistieron a los matadores en las plazas. Otra de sus temáticas pictóricas es la iconografía religiosa, aunque también ha cultivado el dibujo de la arquitectura madrileña. Su última muestra, dedicada al arte taurino, ha tenido lugar en la galería Paz Feliz, de Madrid.


Afortunadamente en activo, Fernando Garrido Rodríguez nos ofrece, pasados los ochenta años, una obra ilusionada, todavía abierta y esperanzadora al igual que su biografía, también abierta y esperanzadora. 

 

Fernando Garrido Rodríguez recibe el premio Nacional de Arquitectura en el año 1968.

 

Fuente: Universidad Politécnica de Madrid

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© Fernando Garrido Rodríguez